Donald Trump y Vicente Fox pertenecen a generaciones cercanas y llegaron al poder en dos de los tres países que integran el tratado comercial de América del Norte. Uno surgió del Partido Republicano, en Estados Unidos; el otro, del Partido Acción Nacional, en México.
Ambos construyeron parte de su imagen política sobre una trayectoria empresarial: Trump, en el negocio inmobiliario; Fox, en Coca-Cola y en la industria del calzado, con las conocidas Botas Fox.
A mi juicio, sus similitudes van más allá. Comparten una retórica grandilocuente y una facilidad para señalar responsabilidades ajenas que contrasta con su disposición a reconocer las propias. Tienen la lengua larga y actúan como si la cola fuera corta.
Peor aún: parecen confundir una conciencia limpia con una memoria selectiva.
Las promesas de los “changarros” y los “vochos” de Fox, así como la consigna de Trump de hacer nuevamente grande a Estados Unidos, permiten revisar la distancia entre las expectativas que despertaron y los resultados que entregaron. Fox concluyó su mandato hace dos décadas; a Trump le quedan poco más de dos años de su segundo periodo presidencial.
También es necesario distinguir los señalamientos políticos de las conclusiones judiciales. Las declaraciones de Fox sobre su intervención en la sucesión presidencial de 2006 merecen escrutinio, pero no equivalen, por sí mismas, a una confesión judicial de delitos electorales.
Trump, por su parte, enfrentó cargos federales relacionados con sus intentos de revertir los resultados electorales de 2020. Ese proceso fue desestimado en noviembre de 2024, antes de llegar a juicio; no fue sentenciado por orquestar el ataque al Capitolio.
Estas precisiones no eliminan el cuestionamiento político: ambos han invocado la democracia mientras sus actuaciones y discursos suscitan críticas sobre su compromiso con ella.
Ante semejante panorama, entre el humor político de Trino y la mirada crítica de Mafalda, dan ganas de recurrir a una expresión popular, frecuentemente atribuida a esta última, aunque no aparece en sus historietas: “¡Paren el mundo, que me quiero bajar!”.
Recordemos el conflicto de CNI Canal 40. En enero de 2003, la disputa entre la televisora de Javier Moreno Valle y TV Azteca, de Ricardo Salinas Pliego, colocó al gobierno federal ante una controversia que exigía una respuesta institucional.
Cuando los reporteros preguntaron a Fox sobre el asunto, respondió con una frase que marcaría su presidencia: “¿Y yo por qué?”.
Más de dos décadas después, Trump ofreció otra expresión de distanciamiento ante un resultado adverso. Tras las elecciones intermedias de 2026, sostuvo que no estaba en la boleta y que, de haber participado, los republicanos habrían ganado de manera aplastante.
El “yo no fui” funciona aquí como una síntesis crítica de esa postura, no como una cita textual. Cuando se trata de adjudicarse los triunfos, el liderazgo ocupa el centro; cuando llegan las derrotas, la responsabilidad parece mudarse de domicilio.
La historia electoral estadounidense ofrece otro contraste. El 4 de noviembre de 2008, Barack Obama derrotó al republicano John McCain y se convirtió en el primer afroamericano elegido presidente de Estados Unidos. Asumió el cargo el 20 de enero de 2009.
En 2026, el revés republicano incluye Texas: las proyecciones electorales apuntan al triunfo de Gina Hinojosa sobre Greg Abbott. Su llegada significaría el regreso de una mujer demócrata a la gubernatura, después de Ann Richards, quien dejó el cargo en 1995.
¿Coincidencia interesante o paradoja política? Quizá también sea una oportunidad para recordar que ejercer el poder implica responder por sus resultados, incluso cuando el nombre del presidente no aparece en la boleta.

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